miércoles, 18 de febrero de 2009

Capitulo 2: Amistad

Es curioso, no recordaba mucho de los detalles de mis años escolares hasta que me he sentado a escribir sobre ellos. Aunque hay cosas que nunca se olvidan... Estaba en mi último año de instituto. Todo estaba igual que siempre, los mismos amigos, cada vez más amigos, y una chica nueva en el grupo, que con mi característica timidez que tanto detesto, tan solo había conocido de hola y adiós.

Yo estaba viviendo fuera de Murcia y mi antiguo hogar en el centro de la ciudad había quedado abandonado. Era un lugar perfecto para organizar fiestas con los que eran amigos.

Nos sentábamos entorno a una mesa en sillones y bebíamos sin límites con sus consecuencias: paridas, risas y alguna que otra hostia verbal o física para que se respetara el lugar donde, atrás en el tiempo, había bebido mis primeros sorbos de leche materna, sustituidos ahora por litros y litros de kalimotxo. 

Uno de esos días, aparentemente igual que los demás, estaba la chica nueva del grupo, sentada al lado mío, que no dudó en abalanzarse sobre mi cuerpo delante de todos y, sin venir a cuento, hacer que tuviera la sensación de que había caído sobre mí una bola de fuego con forma de mujer que abrasaba cada pelo de mi cuerpo con su tacto.

Los amigos, buenos por aquel entonces, se fueron brindando por mi pene y cediéndonos intimidad. Jamás olvidare la delicadeza de sus ardientes besos recorriendo mi cuello.

No, no había sido un sueño, al día siguiente recibí una llamada, era ella, deseando algo serio. A mi me pareció muy pronto, pero algo me decía que no podía negarme, quizás fue lo apretados que llevaba los pantalones ese día...


Todo parecía idílico. Tenía amigos, tenía novia... ¿y que más quieres en la edad en la que tu máxima aspiración es intercalar la borrachera con polvos salvajes?


Pero algo empezaba a fallar... Había enfrentado dos de los pilares que sustentaban mi vida: La pareja y los amigos.

Yo empecé a preferir quedarme revolviendo las sábanas de mi  casa abandonada con la susodicha antes que emborracharme con mis amigos. Eramos jóvenes, mucho, y muchos no lo entendieron. 

Quizás era porque sentía una incomodidad silenciosa y presente en el ambiente... A mis amigos, o los que empezaban a dejar de serlo, no les caía bien la chica. 

No podían comprender porqué estaba con ella. Quizás en parte tenían razón en muchas cosas que decían, pero en vez de callarse optaban por compartir sus ideas conmigo.

Jamás podré perdonarles. Muchos me siguen preguntando a día de hoy que me pasa, si se me nota mas ausente de lo normal... Y no, no tengo un tumor cerebral ni se ha muerto algún familiar recientemente, ha muerto la sencillez de nuestra amistad, ahora el amigo común que nos une era el alcohol, cervezas frias entre ellos y yo esperando a que llegue el babeado poso, y tengamos que irnos cada uno por nuestro camino, solo que esta vez, solo uno de los dos llegará a Roma.


Tuve que dejarla, desquiciado por la situación y una cruel realidad: no la quería ni la décima parte de lo que ella me quería a mi. No podía seguir haciéndole daño. Y tampoco podía seguir sufriendo escuchando a los que se hacían llamar mis amigos para que les invitara a copas y mientras se las bebían criticaban a la que era mi novia.

Por supuesto, cuando ella estaba delante, esa situación era antónima. Le reían las gracias a la ingenua chiquilla y brindaban por nuestro amor.

Yo no aguantaba más con tanta hipocresía, y al pasar una mala racha con mi novia, decidí dejarla. Engañándome a mi mismo y brindando con mis colegas por las tías que me iba a tirar en mi nueva vida.


Ella me odió y me odiará eternamente, nunca le quise decir la verdad del final de nuestra relación, no podía hacerle más daño del que ya le estaba causando yo.


A día de hoy, ella ha rehecho su vida y le deseo todo lo mejor. Yo sigo solo, sin haber encontrado a nadie que pudiera ni de cerca despertar a mi lado más de dos noches seguidas.


Y lo lamento, lo lamento mucho, arrastrado por el lado más oscuro de mis sentimientos desearía seguir con ella, no por su persona, sino porque necesito y echo de menos tanto como respirar aire puro, el tener a una persona a mi lado.


No solo distancié la persona que más me quería, sino que hizo que distanciara también a las personas que más yo quería y creía que jamás distanciaría, mis amigos, que pasaron a ser, ya para siempre, simples amigos de borracheras.

lunes, 16 de febrero de 2009

Capítulo 1: Ser y dejar de ser.



Siempre quise ser alguien popular, alguien que no temblara al hablar, que con una mirada supiese expresar a los demás unívocamente lo que sentía.

La realidad era muy distinta. Hubo una época en la que no intentaba parecerme a nadie, más bien intentaba no parecerme a cualquier otro ser que compartiera conmigo más de unos pocos cromosomas.

Retorcía todo lo que podía mi manera de hablar, de vestir, de pensar hasta el punto de olvidar realmente quien era. Ocurriendo lo predecible por cualquier psicólogo, ser que detesto profundamente, aunque se parezcan tanto en el nombre al lado oculto de esos hombres con los que todos los que nos sentamos a escribir nuestras ocurrencias en algunas ocasiones guardamos cierta similitud: psicópatas. Efectivamente, intentaba no parecerme tanto a cualquiera que dejé de parecerme incluso a mí mismo.


Típico por un lado de adolescentes reprimidos en sus propios mundos idílicos que más que ayudarles, les hacían creer que habían descubierto el porqué de su existencia, algo por lo que luchar, cuando realmente, tan solo les habían dado el mapa a seguir como si de piratas se tratase, marcando con una X el final, su propia tumba.


La lucha interna que libré durante tantos años había dado sus frutos. Pero como todo fruto, maduraron y cayeron en la tierra mojada , barro, ensuciándolos y despreciando el poco valor que podían haber alcanzado en el mercado negro de mis sueños.


En definitiva, ¿años perdidos? Para nada. Sirvieron para estimular los pensamientos, profundizar en la idea equivocada de sociedad, destripar grandes mitos, como el del hombre del saco, descubrir lo único que tenemos en común todos los seres humanos, desde mi madre, hasta George W. Bush, algo tan intrínseco en nosotros como el odio, el egocentrismo.